“Maldito amore” Capítulo 8

“Maldito amore” Capítulo 8

 

Antonella

 

 

¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué no era capaz de pronunciar palabra?, ¿por qué me sudaban las manos y sentía esa presión tan grande en el pecho? Estaba paralizada. ¿Por qué el jefe de Cris se había mostrado tan encantador conmigo? Si yo era un cartel andante que decía con letras luminosas: ¡Hombres, fuera, alejaos de mí!, ¿por qué aquel hombre se había saltado la señal de advertencia? ¡Imprudente, desalmado!

Estaba tan bloqueada que no recuerdo cómo salí de aquella incomodísima situación. Sólo sé que Cris me arrastró lejos de allí y, por fin, pude respirar con normalidad.

Estaba en shock. No entendía lo que acababa de pasar y, afortunadamente, Cris respetó mi silencio y mientras me dirigía maternalmente hacia algún lugar, me dejó sola con mis pensamientos.

Minutos después, no podría asegurar cuántos, llegamos a nuestro destino: un modesto y pequeño restaurante, con apenas ocho mesas cubiertas por los típicos manteles de cuadros rojos y blancos, paredes de piedra, mobiliario de madera oscura y ese inconfundible aroma a pizza casera hecha en horno de leña. Sólo había algo que desentonaba en aquel lugar. Una hermosa mujer con una maravillosa melena cubierta por unas canas llenas de brillo y reflejos plateados, una blusa blanca con el cuello elegantemente levantado y escote ligero, un collar de perlas de tamaños desiguales y unos pendientes dorados del tamaño de una almendra. Bianca parecía no pertenecer a este mundo. Era esa mujer que todas soñamos ser. Bella, sofisticada e inteligente a partes iguales.

Piccolinas,¡qué ganas tenía de veros! —Se levantó para recibirnos y sentí que, poco a poco, salía de mi aturdimiento para volver a la tierra y estar con aquellas mujeres a las que ya consideraba mis amigas.

Segundos después, Cris y yo ya estábamos sentadas mientras el camarero nos servía una copa del vino tinto de la casa que según Bianca era un pecado capital.

—¿Qué tal os ha ido el día? —nos preguntó nuestra vecina con entusiasmo.

—De maravilla —dijo Cris sin dudar.

—Pareces muy contenta, amore. ¿Cuál es la razón de esa maravillosa sonrisa?

—Sé que puede sonar un poco loco, ¿pero alguna vez habéis sentido que conectabais con alguien sin apenas conocerlo?

—Sí, por ejemplo, contigo —pronunció Bianca. —El día que nos quedamos encerradas en el ascensor, supe que nos convertiríamos en buenas amigas.

—Tienes razón. Yo también sentí lo mismo. Pero me refiero a conectar sin haberla visto jamás.

—No te entiendo. —Bianca no sabía a qué locura se refería su joven amiga y mi corazón comenzó a palpitar.

—¿Recordáis que os conté que gracias al generoso donativo de un hombre, iba a poder crear talleres de pintura en la asociación?

Tanto Bianca como yo asentimos y comencé a temerme lo peor.

—Ese hombre se llama Angelo Caruso y por alguna razón, escuchar su voz me resulta adictivo y últimamente sólo sueño con volver a hablar con él —confesó Cris con un brillo en la cara que no había visto jamás. Estaba radiante y feliz.

¡Dios mío! Aquel asunto me iba a estallar en la cara y no iba a poder hacer nada para remediarlo. ¿Qué pasaría cuando Cris se enterase de que su interlocutor era mi jefe?, ¿cómo reaccionaría Pietro cuando supiese que en la asociación a la que había donado una gran cantidad de dinero, trabajaba la chica que había intentado “atacarle” en un par de ocasiones?, ¿qué sucedería cuando se diesen cuenta de que yo sabía toda la verdad y que no les había prevenido de nada? Me sentí terriblemente culpable y una gran sensación de angustia se adueñó de mi pecho.

—Suena misterioso, Cris, ¡me encanta! —dijo Bianca entusiasmada con la noticia. —Es muy emocionante y yo intentaría alargar el misterio —le recomendó nuestra sabia vecina.

Sí, por favor, rogué yo para mis adentros. Cris y Pietro no deberían de saber sus verdaderas identidades hasta que yo encontrase la forma de deshacer este entuerto.

—Y además, también estoy muy contenta porque acabo de presenciar un flechazo.

Oh, oh, oh, saltaron mis alarmas. ¿Aquello iba por mí? Comencé a temblar.

—Lo siento, Antonella. —Mi protegida se disculpó conmigo. —Espero que no te enfades pero es que tengo que contárselo a Bianca. —¿Contarle el qué?, ¿y cómo me iba a enfadar con el ser humano cuya inocencia despertaba la mayor de las ternuras?

—Cuenta, cuenta —la animó nuestra vecina.

—Es que acabo de presentarle mi jefe a Antonella y casi me queman las chispas —dijo Cris en voz baja y con miedo a mi reacción.

—Bueno, no fue para tanto. —Quise restarle importancia a su confesión y no pensar en ella. Bastante tenía ya con el embrollo en el que estaba metida.

—Yo no sé qué habrás sentido tú porque además yo no soy una experta en el amor, pero de lo que sí estoy segura es de que Adriano se habría puesto a tus pies con un simple gesto de tu mano —pronunció Cris mientras nos servían una apetitosa pizza de ricota ahumada, trufa y boletus.

Bianca percibió mi incomodidad con aquella conversación y con la excusa perfecta de tener la comida ya sobre la mesa, cambió de conversación y nos invitó a probar la que, según ella, era la mejor pizza de toda Italia.

Después de un par de horas y un par de pares de copas de vino, volvimos a casa y yo me metí en la cama pensando en cómo deshacer el lío en el que me había metido, y de pronto, la imagen de Adriano se adueño de mi mente y sin poder sacarlo de mi cabeza, me quedé dormida.

A la mañana siguiente me levanté con energía renovadas y más animada. Ya no me angustiaba el sentimiento de culpabilidad y estaba enfocada en la búsqueda de soluciones. Me buscaría una aliada.

—Maggie, necesito hablar contigo, es muy importante —le dije en cuanto entró a la empresa.

—Dime, ¿qué sucede?

—Aquí no puedo contártelo —le dije en voz baja y ella entendió al instante que Pietro no podía enterarse.

—He quedado con Gigi para comer en el parque, pero puedo anularlo y comemos juntas.

—No, no te preocupes, necesito ayuda y tres mentes piensan mejor que dos.

—Vale, pues a la una nos vemos abajo.

La mañana se me hizo eterna porque no veía el momento de arreglar esa situación. Además, Pietro estaba exultante y no dejaba de hablar de la fiesta que iba a dar a la asociación, a la que quería que fuésemos Maggie, Gigi, Noah y yo.

Al mediodía, Gigi nos estaba esperando abajo con una bolsa llena de refrescos y un montón de sandwiches porque no sabía cuál nos gustaría y juntas buscamos un sitio en el que montar nuestro picnic improvisado.

—¿Qué sucede, Antonella?, ¿qué te tiene tan preocupada? —me preguntó Gigi en cuanto nos sentamos sobre la hierba.

—¿No habéis visto a Pietro más contento de lo habitual?

—Sí —respondió Maggie. —Es por eso del taller de pintura de la ONG con la que colabora y creo que hay una chica de por medio.

—Pues ahí está el problema.

—No te entiendo, ¿por qué una chica que no conoce y que trabaja en una ONG va a ser un problema?

—Hace unos meses una asociación animalista la tomó con nuestra empresa y utilizó a una pobre chica que se sentía perdida y desorientada, para que llevase la voz cantante y encabezase determinadas acciones contra nosotros. Nada importante, unas simples pintaditas sin importancia. Pero la pobre chica, que tiene menos maldad que un cervatillo, fracasó en sus intentos y tuvo un par de encontronazos con Pietro que quería denunciarla. Y bueno, la verdad es que Cris, que es así como se llama, me enterneció tanto que no sólo la defendí, sino que hice todo lo posible para alejarla de esa asociación que no le aportaba nada bueno. Ahora vive en mi casa y yo misma la animé a trabajar en la ONG “Buscadores de sonrisas”.

Maggie y Gigi me miraban asombradas y me escuchaban sin pronunciar palabra.

—La cuestión es que días antes yo también había animado a Pietro a colaborar con esa ONG y él, como no quería que su apellido le trajese problemas, lo hizo con un nombre falso, Angelo Caruso. Y no sé, yo no le hice queriendo y os juro que no había pensado en las consecuencias, simplemente quise ayudarles a los dos, pero por alguna razón inexplicable han conectado y cuando se enteren de quién es quién, va a ser una auténtica catástrofe.

—Y esa chica, ¿siente algo por Angelo Caruso? —preguntó Gigi intrigada.

—Sí. Ayer mismo nos confesó a mí y a otra amiga que sólo soñaba con volver a hablar con él.

—Interesante —pronunció Maggie misteriosa.

—Sí, interesante —le respondió Gigi.

—Chicas, centraos, esto no es para nada interesante. Cuando se enteré Pietro de que Cris es la chica del teléfono ya me puedo ir buscando otro trabajo —les dije para que volviesen a ponerse en situación.

—Necesitamos más tiempo —dijo Maggie como si estuviese tramando algo. —Necesitamos más tiempo para comprobar si esa conexión que ambos sienten va más allá. Aún es pronto para que descubran sus identidades.

—Eso va a ser la imposible. La asociación da una fiesta para celebrar la inauguración de los talleres de pintura y Pietro es el invitado de honor.

—Pues nuestra misión es hacer que no coincidan —dijo Maggie como si fuese el mismísimo Hannibal del Equipo A.

—Va a ser imposible —dije con una gran dosis de realismo.

—No, a mí no hay plan que se me resista —pronunció en modo teatral, mientras Gigi asentía y secundaba su plan.

Aquellas chicas eran unas insensatas y yo ya podía oler el drama. Sólo me quedaba rezar y esperar que sucediese un milagro.

 

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