“Maldito Amore” Capítulo 6

“Maldito Amore” Capítulo 6

 

 

 

“Pietro”

 

 

Todo fluía a la perfección. Gigi y Noah ya se habían instalado en Florencia. Su mudanza había sido muy sencilla porque sólo pensaban quedarse un par de meses y su único equipaje era dos inmensas maletas y la esperanza de que una temporada de tranquilidad, lejos de su asfixiante rutina, les diese la oportunidad de ser padres. Y en cuanto a la vivienda, contaban con la gran ventaja de que la abuela de Gigi aún poseía la casa familiar en la que se había criado, y después de una bonita y costosa reforma, que había realizado una década atrás, se había convertido en uno de los áticos más flamantes de la ciudad. Pero si ya la presencia de mis amigos británicos me llenaba de alegría, la vuelta de Maggie, me hacía inmensamente feliz. Maggie no sólo era mi empleada, era mi mejor amiga. Y durante la corta estancia de Gigi en Florencia, se habían hecho íntimas y ahora los cuatro juntos, formábamos un cuarteto muy particular pero muy bien avenido. La pobre Maggie se había tenido que marchar a Milán durante casi medio año para acompañar y cuidar de su padre que estaba pasando por una grave enfermedad. Renunció a su trabajo porque en esos momentos difíciles necesitaba estar cerca de su familia, pero ella sabía, que cuando todo volviese a la normalidad, su puesto de trabajo siempre iba a estar esperándola. Por suerte, y gracias al destino, a algún dios o a quien fuese, después de un duro tratamiento, el padre de Maggie consiguió recuperarse y ahora ella volvía a recuperar su vida.

La había extrañado mucho, ella no sabe cuánto, y me sentía tremendamente culpable porque no había podido estar a su lado cuando más me necesitaba. La llamaba o la escribía todos los día, pero yo sabía que eso no era suficiente. ¿De qué sirven las palabras cuando lo que realmente necesitas es un abrazo?

Y por si ya no fuese suficiente con mi buena fortuna, no sólo me había integrado a la perfección con el resto de los voluntarios del comedor social, sino que además esa noche tenía una cita con Fiorella, mi compañera rubia de melena leonina.

—¿Qué tal con el pececillo? —me preguntó Gigi mientras nos tomábamos un café en el Cafè Gilli, en el que siempre bromeábamos con que su nombre hacía honor a ella.

—Esta noche bajaré a las profundidades para conocer a la sardinilla lejos de los chándales de mercadillo, los cucharones, las lentejas y las viejas glorias que reparten su sabiduría como si fuese lo único de valor de su pobre existencia. —Me encantaba colaborar con el comedor social pero aún seguía sintiéndome fuera de lugar. Me resultaba más fácil ayudar a la ONG Buscadores de sonrisas, ya que me limitaba a darles dinero y llamarlos con frecuencia para que me fuesen informando de cómo estaban invirtiendo mi dinero. En el comedor notaba como todo el mundo me miraba y se preguntaba qué pintaba yo en un lugar como aquel. Incluso, más de alguno se había atrevido a preguntármelo directamente. Y en cambio con la ONG, como nadie me veía, y mi único contacto era telefónico, no sentía ni las miradas ni los corrillos en los que mencionaban mi nombre.

—Seguro que es una buena chica —dijo Noah dándome ánimos. —No cualquiera vale para trabajar en un comedor social y eso demuestra que es una gran persona y que tiene un buen corazón.

—No lo sé, espero que sí, tampoco he tenido la oportunidad de hablar mucho con ella porque siempre que coincidimos, tenemos mucho trabajo, y hay muchas personas que necesitan más de nuestra atención. A muchas de las personas que van al comedor, les alimenta más que alguien les escuche y les preste atención, que un plato de comida caliente. —Estaba muy contento de haber dado ese paso y haber conocido aquella realidad que estaba tan alejada a la mía. Sentía que estaba volviendo a recuperar la perspectiva.

—Te noto cambiado —pronunció Maggie. —Siempre me has parecido un gran tipo, pero esta nueva  faceta que estoy viendo en ti, me encanta. Pareces más sensible, más tierno… en fin, más humano. Ya no eres el todopoderoso Pietro Di Angelo, ahora eres un hombre encantador que puede conquistar a cualquier pececillo del fondo marino —acabó diciendo un poco teatral y entre risas.

Todos nos echamos a reír y a continuación, Maggie le preguntó a Gigi y a Noah qué planes tenían para ese día y mientras hablaban, yo les observaba en silencio y me sentía muy afortunado por tener a mis amigos tan cerca.

Horas después, cayó la noche y llegó el momento. No sabía muy bien que ponerme para mi cita con Fiorella. Tengo dos looks para cuando salgo a cenar, bueno, realmente son mis looks habituales dependiendo la situación. Por un lado, tengo el formal, con camisa y traje. Suelo prescindir de la corbata porque me siento un poco agobiado con ella. Pero siempre tengo alguna a mano por si tengo que ir a alguna reunión importante. Y para las ocasiones especiales, bodas y demás eventos de etiqueta, tiendo a la pajarita porque me resulta más retro y divertida. Y por otro lado, en las ocasiones informales, me suelo poner vaqueros, camiseta y cazadora de cuero. Pero aquella noche, hasta llevar una chupa de piel me parecía demasiado ostentoso porque probablemente costase cinco veces más que toda la ropa de Fiorella que parecía de segunda mano.

Al final opté por ponerme la dichosa cazadora porque realmente no tenía otra cosa que ponerme.

Iba a llevar a mi cita a cenar a un restaurante japonés llamado Koko. Me gustaba mucho porque tenía una zona de tatami en la que podías cenar sentado en el suelo y eso me parecía divertido y original y estaba totalmente convencido de que a Fiorella le iba a gustar.

Antonella había hecho la reserva para las nueve, así que con el tiempo justo, me monté en el coche y fui a por ella. Coloqué el GPS del coche y de manera automática le di al mensaje en el que me había enviado su ubicación sin haber reparado en el nombre de la calle y algo extraño ocurrió. Me había hecho a la idea de que mi compañera del comedor social vivía en un barrio humilde, pero la voz femenina que me indicaba qué dirección tomar, me estaba llevando a uno de los barrios más pijos de Florencia. Apenas me quedaban unos metros para llegar al destino y tuve que mirar varias veces a la pantallita para asegurarme de que no me había equivocado. Pero allí vivía Fiorella, al lado del río, en la mismísima calle Lugarno Corsini, la calle más exclusiva de la ciudad. No daba crédito y me sentía un poco desorientado. No entendía nada.

Había quedado en hacerle una llamada perdida cuando llegase a su portal y así lo hice, a pesar de mi turbación. ¿Cómo era posible que Fiorella viviese allí?

Minutos después, una chica salió del portal y si no fuese por su llamativa melena, me habría costado horrores reconocerla. Su ropa de diseño y su maquillaje eran demasiado exagerados y parecían no pertenecerle. Aquella mujer no podía ser ella. Todo aquello parecía una broma.

Fiorella no tardó en verme y se dirigió al asiento del copiloto.

—Buenas noches —pronunció risueña.

Yo no pude pronunciar palabra. Su carísimo perfume había sido el último elemento que me había dejado en shock.

—¿Te encuentras bien, Pietro?

—¿Vives aquí? —terminé preguntando sin haber salido de ese estado de incomprensión en el que me encontraba.

—Sí, vivo aquí con mis padres y mi hermana —dijo orgullosa.

—No entiendo nada —pronuncié el alto.

—¿Qué es lo que no entiendes?

—Me había hecho otra imagen de ti. No sé, tu trabajo en el comedor social me había hecho pensar que eras de otra manera.

—Tú también trabajas allí y no por ello pienso que eres un muerto de hambre.

—No, pero no sé, la ropa que llevas siempre….

—Bueno, me la pongo porque… es una historia muy larga.

—Cuéntamela.

—Prefiero que nos vayamos a cenar. Tengo hambre.

—Fiorella, soy sincero si te digo que me gustaría conocerte más, pero me encantaría saber la verdad porque necesito entender todas estas cosas que no me cuadran.

—Eh, —comenzó con vergüenza —es que me obligan a hacer trabajo social y mi abogada me recomendó vestirme de ese modo para que la gente no se sintiese incómoda y así evitar también situaciones incómodas.

—¿Y por qué tienes que realizar trabajo social? —Estaba perplejo con la situación.

—Digamos que me llevé algo que no me pertenecía.

—Vamos, que robaste. —Estaba más que claro.

—Sí, se podía decir que sí.

Aquella situación lo único que demostraba era que yo era un auténtico imbécil. Me había dejado llevar por las apariencias y yo solito me había montado una imagen totalmente equivocada de quién era Fiorella. Y no pude evitar reírme por lo absolutamente ridículo que había sido.

—Bueno, será mejor que nos vayamos a cenar. —Me había equivocado con mi percepción sobre ella y tenía que asumir las consecuencias. Quizás, en el fondo, resultase ser una buena chica

—¿Y a dónde me vas a llevar?

—A un restaurante japonés.

—Bueno —la idea no le entusiasmo —siempre y cuando no tenga que comer arroz todo va bien. No como carbohidratos y menos por la noche.

—Lo siento, podemos anular la reserva e ir a cualquier otro sitio. —Odiaba a las chicas remilgadas que no comen absolutamente nada por no estropear su figura. Si no comen, ¿por qué quedan para cenar?

—¿Y a qué japonés vamos a ir?

—A Koko —respondí orgulloso porque adoraba ese restaurante.

—¿Habrás reservado una mesa de esas con sillas a los lados?

—No —respondí ligeramente avergonzado, pero sólo ligeramente —reservé una en el tatami.

—Ay, ¿pero tú te crees que con este mini vestido de seiscientos euros y estos taconazos de Aquazzura puedo sentarme en tatami?

—Pensé que te resultaría divertido.

—¿Divertido? ¡Y yo creí que Pietro Di Angelo tenía un poco más de clase! —dijo decepcionada y enfadada.

—¿Cómo sabes mi apellido?

—Nene, vivo por y para la moda y me conozco todas las marcas de Florencia, de Italia y del mundo entero.

No me podía haber equivocado más con aquel pececillo, pensaba que era una sardina y resultaba ser una auténtica barracuda. Por esa razón me habían prevenido mis buenos amigos del comedor social. Y yo pensando que sus advertencias no eran más que los desvaríos de unos pobres desgraciados. ¡Yo sí que era un desgraciado!, y un auténtico imbécil.

—¿Sabes lo que te digo? Que voy a cancelar la reserva porque lo que realmente me apetece es comerme la hamburguesa más grande y grasienta del McDonalds.

—¿Estarás de broma?

—No, ese es el plan. Lo tomas o lo dejas —dije enfadándome por momentos.

—Estás loco. Ya le había dicho a mis amigas que no debías de ser muy normal cuando no tenías nada mejor que ayudar en aquel cuchitril rodeado de vagabundos.

Aquello fue la gota que colmó el vaso.

—Fiorella, te agradecería que te bajases de mi coche.

—¿Cómo te atreves a hablarme de ese modo?, me bajo si me da la gana.

—Por favor —insistí intentando controlar mi enojo.

—¿Sabes?, creo que estás loco, ¿qué te pensabas?, ¿que iba a aparecer con ese mugriento chándal? —me preguntó mientras comenzaba a reírse como una hiena.

—Por favor, Fiorella, será mejor que lo dejemos así.

—Corre y vete a cenar al comedor social con esa panda de gandules que nunca han dado un palo al agua.

—¿Gandules? Sal inmediatamente de mi coche, prefiero compartir mi tiempo con unos vagabundos que con una pija ladrona.

Ese comentario tuvo el efecto deseado en Fiorella. Salió encendida por la puerta del copiloto y dio un gran portazo mientras le salía humo por las orejas. Arranqué y salí pitando de allí, antes de que aquella demente se lanzase sobre el coche. Medio segundo después, sentí el impacto de uno de sus tacones de diseño en el cristal trasero del coche.

Aquella no-velada había sido un auténtico desastre, o según se mire, una bendición, ya que había salido a tiempo de las zarpas de esa harpía. Me dirigí a mi restaurante japonés favorito y disfrute de una deliciosa y relajante cena con la única compañía de mis pensamientos. Al final, la noche no había acabado tan mal.

A la mañana siguiente, Maggie ya me estaba esperando en mi despacho para someterme a un interrogatorio. Tenía que avisar a Antonella de que había que cerrar la puerta con llave para impedir que las chicas cotillas se colasen sin permiso. Me había parecido todo tan surrealista y  cómico, que Maggie no era capaz de parar de reírse.

—¿Y vas a volver al comedor? —me preguntó mi amiga con curiosidad. —Ya la veo tirándote las ollas de macarrones por la cabeza.

—No, mientras siga ella. Y es una pena porque siento que me estaban ayudando ellos más a mí que yo a ellos.

De pronto, sonó el teléfono y Antonella me informó a través del auricular que tenía una llamada de la ONG con la que colaboraba. Suspiré porque tanta labor social estaba acabando conmigo y Maggie se fue para que pudiese atender la llamada.

—¿Diga?

—Buenos días, señor Caruso. —Había dado un apellido falso porque no quería que supiesen que era yo el que colaboraba.

—Buenos días —saludé sin demasiado entusiasmo. No tenía ganas de conflictos filantrópicos.

—Disculpe, no quería molestarle, pero me preguntaba si le parecería bien que invirtiésemos parte de su dinero en crear un taller de arte para los niños —me dijo la voz amable que estaba al otro lado del teléfono.

—Sí, me parece un gran idea.

—¡Fantástico! —pronunció como si le hubiese ido la vida en mi respuesta. —Pues en cuanto deje de hablar con usted, compraré todo el material necesario para empezar cuanto antes.

—Parece entusiasmada.

—Sí, lo estoy. Soy una apasionada del arte y creo que este taller les hará mucho bien a los niños y a los ancianos que pasan tanto tiempo aquí.

—Yo también lo creo. El arte es una forma de relajarse, de desconectar y de canalizar nuestras frustraciones.

—Sí, lo es. Si quiere, cuando lo tenga organizado, puede pasarse por aquí para verlo en funcionamiento. Y si le apetece, también puede participar. Seguro que a usted también le hace mucho bien y a Adriano le haría mucha ilusión poder conocer a nuestro mayor donante.

—Por favor, señorita, tráteme de usted y llámeme colaborador, lo de donante me suena muy vampírico —dije sin ser consciente de lo absurdo que sonaba. —Lo siento, acabo de decir una tontería.

Pero ella se rió.

—No se preocupe, ha sido gracioso. Y muchas gracias, me hace muy feliz que esté de acuerdo con crear el taller.

—Seguro que va a ser éxito. Les deseo mucha suerte.

—Muchas gracias.

—Muchas gracias a ti por llamar para informarme. —Estaba alargando la conversación de la forma más absurdo.

—Ha sido un placer. —Y mi interlocutora me respondía con las típicas frases de cortesía.

—Me gustaría que me siguiese informando de sus avances.

—Lo haré. Descuide. —Aquella mujer era realmente amable.

Y sin más, para no hacer el ridículo con una conversación vacía y sin sentido, me despedí.

Suspiré de nuevo con alivio. Por lo menos, con la ONG, mi recién estrenado espíritu solidario iba a dar sus frutos.

Miss Smile.

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