“MALDITO AMORE” Capítulo 2

“MALDITO AMORE” Capítulo 2

 

Pietro

 

 

 

«¡Perfecto! Justo a la hora de embarque». Por un instante, me había temido que iba a perder al avión y que no iba llegar a tiempo a la boda.

Estaba tan apresurado que no me fijé en nada de lo que ocurría a mi alrededor, hasta que por fin, me senté en mi confortable asiento de primera clase. Odiaba esos días en los que no paraba de correr de un lugar a otro. Mi sangre italiana me obligaba a tomarme la vida con calma, porque no había verdad más absoluta que: piano piano si va lontano.

Ya relajado, sentí sobre mí, la mirada indiscreta de una mujer rubia salida de la portada de la revista Vogue. No me impresionó, estaba acostumbrado a tratar a menudo con ese tipo de mujeres, pero me incomodó.

«¡Salvado por una preciosa azafata!» La auxiliar de vuelo se acercó a mí para ofrecerme prensa nacional y extranjera y la rubia, dirigió su mirada hacia otro lado. La cercanía de la azafata y sus movimientos coquetos, le hicieron sentirse amenazada.

—El Corriere dello Sport, por favor. —Llevaba una semana infernal de trabajo, que casi remato con un homicidio imprudente, y necesitaba desconectar sumergiéndome en el mundo del deporte.

En cuestión de segundos, la azafata apareció con el periódico en la mano y con una sonrisa picarona. Le devolví la sonrisa y le di las gracias.

Al abrir la primera página, me encontré una nota.

“S.O.S. Tengo que pasar la noche en Londres y no quiero dormir. Llámame y ayúdame a pasar la noche en vela. 789 548 321 Viviana.”

Sentí un ligero aroma a basura. Inspiré en profundidad llevando discretamente mi nariz hacia la chaqueta, pero había sido una falsa alarma. Mi olfato percibió mi carísimo perfume de Salvatore Ferragamo, pero el subconsciente me había traicionado.

Levanté la vista del periódico y por un lado, me encontré a la azafata lanzándome una mirada devoradora y por otro, la rubia parecía enfadada y casi pude ver cómo le salía humo por la orejas. Por cortesía, le sonreí a la dos con esa mirada de Don Juan que había aprendido de mi padre. La azafata se hizo la tímida y la rubia, comenzó a relajarse.

Le gustaba a las mujeres, eso era un hecho. Y ellas me gustaban a mí, por supuesto; pero el papel de galán italiano ya comenzaba a aborrecerme.

Mi padre era un gran seductor. Le encantaba piropear a las mujeres y agasajarlas con cientos de detalles y atenciones. Y desde que era muy pequeño, siempre me repetía una y otra vez esta frase: si consigues que las mujeres te adoren y que los hombres te envidien, te ganarás el respeto de todo el mundo. Así era él, un Casanova.

Le hice caso, ¿quién era yo para ir en contra de las lecciones vitales de mi padre? Las mujeres me adoraban y yo las adoraba aún más a ellas. Pero entre él y yo había una gran diferencia. Él, aunque jugaba con todas, desde las más jovencitas a las más maduras, sólo amaba a una mujer a la que le era totalmente fiel, mi madre. Y yo, en cambio, no podía comprometerme con ninguna porque no era capaz de amarlas.

Era un hombre joven, atractivo, (está mal que yo lo diga pero era la realidad) que había heredado los rasgos más hermosos de mi madre: su piel morena y sus ojos claros, y profesionalmente, había alcanzado el éxito, llevando un pequeño negocio familiar de complementos de piel a figurar en las pasarelas más prestigiosas de todo el mundo. Y aunque durante muchos años fue muy divertido poder compartir mi cama con todo tipo de mujeres, empezaba a estar cansado de que ninguna de ellas les interesase saber de mí algo más que los ceros de mi cuenta corriente. A todas les gustaba que les regalase bolsos exclusivos, que las llevase a los restaurantes más caros de toda Italia, las fiestas rodeadas de famosos… pero a ninguna de ellas les importaba lo que pensaba, ni lo que sentía. Jamás una mujer me dijo algo como: ¿Cómo te encuentras hoy?, tienes mala cara, ¿te ha pasado algo?… Estaba harto.

Pero Gigi había sido diferente. Cuando me conoció no se dejó impresionar ni por mi apariencia ni por mi proposición laboral de ensueño. Ella sólo veía en mí a un tipo normal que le estaba ofreciendo trabajo. Y cuando conseguí que se viniese a Florencia a trabajar conmigo, no logré que cayese rendida a mis encantos, aunque saqué toda la artillería pesada. Me gustaba, me gustaba mucho. Su indiferencia hacia mí me volvía loco y su amistad me pareció la pertenencia más valiosa que había tenido jamás. Sin embargo, ella estaba enamorada de otro hombre y la presencia en su vida de un galán italiano millonario, no consiguió tambalear los cimientos de su historia de amor, sino que los reforzó.

Y allí estaba, en un avión rumbo a Londres, para ver como Gigi se casaba con el amor de su vida, Noah. Tanto él como ella se habían convertido en buenos amigos y me llenaba de orgullo que quisiesen compartir conmigo el día más importante de sus vidas.

Estaba deseando bajar de aquel avión. Las miradas de mis admiradoras cada vez eran más intensas y no encontraba el modo de poder esconderme de ellas. Cuando por fin aterrizamos, la rubia se dirigió rápidamente hacia mí y metió en el bolsillo de mi americana un papel y me susurró al oído: “estaré esperando tu llamada”. La azafata que había presenciado la escena, la reprendió sin importarle que el resto de pasajeros la estuviesen observando. Segundos después, cuando estaba a punto de salir de aquel avión, escuché los gritos e insultos en medio de una pelea de gatas. Me fui de allí con paso apurado, ansiando encontrarme una papelera para deshacerme de los teléfonos de aquellas dos leonas.

 

 

Y cuál fue mi sorpresa cuando me encontré esperándome en el aeropuerto al mismísimo novio de aquella boda. Noah tenía el pelo revuelto, unas ojeras hasta la barbilla y sujeta entre sus manos un cartel que decía; “Soy un novio al borde de un ataque de nervios” y que terminaba con una carita sonriente.

—¿Pero qué haces aquí?, ¿no era necesario que te molestases en venir a buscarme? Hoy es tu día.

—Hazme caso, era necesario —dijo desesperado.

—¿Qué ocurre?

—¿Recuerdas a Ralphy, la amiga loca de Gigi? Bueno, pues Gigi como no la aguantaba más, me la mandó a casa y pensé que me moría: Noah, no puedes ir con esos pelos, deberías hacerte un moño… Noah, no me gustan nada esa sombra tan vulgar que hay debajo de tus ojos, deberías maquillarte… Noah, aún sigo pensando que debería ponerte pajarita y no esa corbata tan del retro y hortera…

—¿Y cómo has conseguido escapar? —Recordaba a Ralphy y sabía que no era de esas personas de las que puedes escaparte con facilidad.

—La he amordazado —pronunció desesperado y con la esperanza de que fuese cierto.

—¿Cómo? —Me hice el sorprendido.

—Calvin y Sean me han cubierto. Pero seguro que ya estoy en busca y captura y que tengo detrás a la Interpol, Scotland Yard y al mismísimo James Bond —dijo azorado.

De camino al hotel le mandé un mensaje a Maggie. Tenía un plan y necesitaba su ayuda. Y fui dándole a Noah los temas de conversación más dispares y absurdos para que poco a poco se fuese relajando.

—Ya está —dijo cuando aparcó frente a mi hotel. —¿Quieres que te esperé? —me preguntó solícito porque quería tener una excusa para estar lejos de su casa.

—Sí, es más, debes acompañarme porque tengo una sorpresa muy relajante y placentera para ti. Tómatelo como un regalo de boda anticipado. —Había ideado un plan e iba a ponerlo en práctica.

—Pietro, eres un hombre muy atractivo, pero sabes que no eres mi tipo. —Estaba seguro de que Noah no tenía ni idea de que estaba tramando.

—Muy gracioso.

—Bueno, no voy a serle infiel a Gigi. —Quiso aclarar aunque yo sabía que eso jamás iba a ocurrir. Conocía los valores de Noah y sabía entre todos ellos, destacaban la fidelidad y la honestidad.

—No me refería a ese tipo de placer —aclaré.

Noah no entendía nada y estaba un poco desconcertado.

—Tú calla y ven.

En lugar de hacer el check in, me dirigí directamente a la zona de Spa seguido por el desconfiado novio. Y al llegar, una mujer vestida totalmente de blanco nos estaba esperando.

—Noah, esta es April y durante la próxima hora y media va a ser tu masajista. —Me alegré de que April fuese una señora madura con ese aspecto tan entrañable de madre que te daban ganas de abrazar en busca de consuelo. No quería que Noah malinterpretase mis intenciones.

—Gracias, Pietro, eres mi salvador.  —Al novio desesperado pareció agradarle sobremanera el plan que había preparado para él.

Una hora y media después parecía un hombre nuevo. Sus ojeras y la tensión de su rostro habían desaparecido y su pelo húmedo, recién salido de la ducha, le daba un aspecto divertido y alegre.

—Ahora ya estás listo para casarte —afirme satisfecho y orgulloso por haber hecho algo por aquel hombre indefenso.

—Sí, lo estoy. April tiene unas manos fantásticas —le dijo agradecido a la mujer.

Ella sonrió.

—Es la primera vez que un hombre se pone a roncar mientras le masajeo la espalda —confesó entre risas y Noah se sonrojó.

—Lo siento —se disculpó avergonzado, —pero te puedo asegurar que he dormido como un bebé.

April se despidió de nosotros y le deseó a Noah un feliz matrimonio.

Había llegado la hora de dirigirnos hacia la iglesia. Noah me pidió que condujese yo su coche y así lo hice. Él parecía sumergido en un pequeño trance premarital y yo, con cierto regusto a dolor, creí que jamás viviría una situación así. Nunca tendría que esperar a una mujer frente al altar.

Cuando llegamos a la iglesia, Ralphy hiperventilaba y parecía estar a punto de darle un ataque de pánico.

—Menos mal que has aparecido Noecito, no sabía cómo explicarle a Gigi que te habías dado a la fuga —pronunció la alocada amiga muy pero que muy alterada.

—Perdona, Raphaella, pero es que me sentía un poco agobiado y necesitaba un soplo de aire fresco. —Se disculpó Noah como un perrillo que tenía miedo de la regañina de su dueña.

—¿Seguro que va todo bien y que no vas a salir huyendo? —preguntó Ralphy con tono amenazante. Aquella mujer era una camaleona. Pasó de ser la niña del exhorcista a Lobezno en centésimas de segundo.

—Segurísimo, de verdad. —Juró Noah con su mano sobre el pecho.

Dentro, junto al altar, esperaba al afortunado novio su mejor amigo, Calvin, y sentados en los primeros bancos, esperaban los invitados del novio.

Yo me senté en un banco vacío. Apenas conocía a los amigos y a la familia de los novios y me sentía un poco fuera de lugar.

Minutos después entraron los invitados de la novia e intuí que Gigi estaba a punto de llegar. Y así fue. Una pelirroja preciosa y exultante de felicidad, apareció del brazo de su padre y los más allegados tuvieron que hacer esfuerzos sobre humanos para contener las lágrimas de emoción. Noah, en cambio, no pudo controlarse y las lágrimas resbalaron con rapidez sobre sus mejillas para acabar escondiéndose en su barba.

Fue una boda maravillosa. Llena de frases de amor, gestos de devoción, caricias sutiles cargadas de cariño e incluso, besos de pasión. El amor flotaba en el ambiente y todas las parejas allí presentes, parecían poseídas por Eros, el dios de amor. Y yo…, yo jamás me había sentido tan solo.

Después de la ceremonia, todos los amigos de Gigi y Noah se esforzaron por hacerme sentir uno de ellos y aunque intenté comportarme como uno más, el interior de mi corazón estaba vacío y triste.

Gigi no tardó en acercarse para bailar conmigo y poder charlar un rato a solas. Se lo agradecí enormemente porque necesitaba el calor de una amiga.

—Muchas gracias por lo que has hecho por Noah. —Ella me hablaba y no podía dejar de emborracharme con su belleza.

—No te preocupes, no ha sido nada —respondí de forma automática. Yo sólo quería perderme en su mirada por última vez. Sé que no debía hacerlo, que aquello no era digno de un amigo, pero lo necesitaba.

—Estás preciosa. —No pude controlarme.

—Gracias, tú también estás impresionante, pero eso no es una novedad —me alagó divertida. Sí, yo podría ser impresionante, pero nunca llegaría a la altura de Noah. Me castigué con mis pensamientos.

—Eres una cameladora, se nota tu vena italiana. —Tenía que salir de aquella situación tan incómoda y no sabía cómo. Deseaba estar cerca de Gigi, pero aunque llevaba mucho tiempo haciéndome el fuerte, aún me resultaba doloroso. Era un dolor ligero pero punzante.

Ella sonrió.

—¿Estás bien? Se te ve preocupado y ausente. ¿Es por una mujer? —preguntó con amable curiosidad. Gigi era tan dulce… Era lógico que me hubiese vuelto loco por ella.

—¡Ojalá! —supliqué con una leve amargura.

—Pietro, ya sabes lo que dicen: Hay muchos peces en el mar. —Gigi sabía que ella tenía algo que ver con el amargo semblante.

—Sí, pero los que a mí me gustan, nadan a contracorriente —dije sin intención de querer molestarla. No le estaba echando nada en cara. Era totalmente consciente de que en el corazón no se manda.

—Tal vez sólo te fijas en los delfines y quizás tengas que fijarte en las sardinas aunque te parezcan del montón —me aconsejó como una verdadera amiga. Aquella mujer era espectacular.

—¿Crees que yo soy el culpable de no encontrar el amor? —necesitaba su consejo.

—No, simplemente, pienso que no te rodeas de las chicas adecuadas.

—Puede ser… —Sabía que en cierta manera, tenía razón, pero es que parecía que el destino sólo ponía en mi camino mujeres materialistas y superficiales.

—Hazme caso. Las sardinas parecen muy simples porque son chiquititas y viajan por el mar apelotonadas, pero todas son especiales y tienen un gran sabor —dijo como una gurú del amor.

—No sabía yo que fueses una experta en el mundo marino, Gigi Cousteau.

—Y no lo soy, pero el champán me dota de una gran sabiduría —pronunció mientras me guiñaba un ojo divertida.

Esa era mi chica, mi gran amiga, y deseé que todas las mujeres del mundo se pareciesen a ella, tan cercana, tan divertida, tan chispeante, tan diferente… Y no importaba si había sido causa del vino o de su sabiduría innata, pero me fui de su boda esperanzado, creyendo que si abría bien los ojos en el fondo marino y me fijaba en especies en la que jamás me habría fijado, encontraría ese pececillo junto al que desearía nadar durante toda la vida.

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